Ante la premisa de mantener solo aquello que me hace feliz, una pregunta asalto la reserva de definiciones; todo sigue revuelto ahí en la bóveda, desde que cada revisión me lleva a deshacerme de un montón que mantenía guardadas y a salvo, lo que hace más difícil encontrar lo que quedó dentro de felicidad.
Si me he desecho de tantos recuerdos de viejas historias, ¿para que conservar vestigios de la más reciente si aún están frescas en la memoria? ¿Va en nostalgia o en melancolía, es tan blanco o negro, o en más de una entraría? Cuando las sostengo ciertamente me transmiten algo, pero en esa tormenta se me dificulta diferenciar la supremacía, por qué hay dolor, hay añoranza, hay tristeza y alegría, hay pena, vergüenza, y se que queda culpa todavía.
Irónicamente una sonrisa se me escapa, por qué escucho lo que diría esa voz que se diluye en el eco que va dejando el espacio vacío, al ir soltando todo lo que en realidad no es mío y no aporta a mi vida; sé que es el aviso de que la memoria selectiva va perdiendo el registro de la melodía original, que se va deformando en la ilusión de como la quiero recordar.
Hay tanto por seguir sacando del clóset, quedan horas de trabajo para revisar sin parar, todo eso que debo dejar ir y soltar; pero termino como Shakira ahogándome entre fotos y cuadernos por convertir los campos en ciudad. Sé que me va a hacer falta tiempo, por qué una década después no pretendía arreglar cimientos rotos, y se que las moléculas que orbitan a mi alrededor también circundan ese espacio que algún día se libre de necesitar una definición, para saber si lo suelto del todo, o dejo algo guardado por algún rincón.
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